I – El mes de agosto nos trae a la memoria dos hechos de extrema violencia y de similar naturaleza, si bien en el marco de gobiernos distintos: «Trelew», en 1972 bajo una dictadura y «Capilla del Rosario», en democracia, de 1975. Pero responden al mismo patrón; la eliminación -física- del adversario.

II – Compartían varias diferencias que los unían. Arturo Umberto Illia había nacido en Pergamino el 4 de agosto de 1900 y Agustín Tosco en Coronel Moldes, provincia de Córdoba, el 22 de mayo de 1930. El primero descendiente de lombardos y el segundo de piamonteses.
La diferencia de edad no fue obstáculo para sostener afinidades. Illia estudió medicina y se instaló en Cruz del Eje, un pueblo ferroviario del norte cordobés en donde los vecinos hicieron una colecta y le compraron una casa, luego él se pudo comprar un coche (que siendo presidente vendió para operar a su esposa). Tosco, estudió en la Universidad Tecnológica Nacional y luego ingresó a trabajar en la empresa provincial de energía (EPEC) donde sus compañeros lo eligen delegado sindical. Ambos sostenían sus profesiones: Illia siempre se sintió médico y Tosco obrero calificado, pero tomaron responsabilidades públicas para servir al prójimo y no para servirse de ella con prebendas.
En lo político, que eso es lo que nos interesa, el médico era un demócrata y republicano; el obrero cultivaba las ideas de la izquierda y el pensamiento de Carlos Marx era una referencia. Pero ambos buscaban una sociedad más justa. Sus encuentros no eran tan periódicos y por ello es posible que no hayan tenido el tiempo necesario para los debates ideológicos. El tiempo que les tocó vivir requería de urgencias que, como tales, había que responder.
III – Tosco y los trabajadores de su gremio, junto a tantos otros y nutridas columnas de estudiantes, fueron los protagonistas del «Cordobazo«, un verdadero estallido social, económico y político que signó el fin del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, el mismo general achulado que había derrocado a Illia contando con el inestimable apoyo de algunos sindicatos fuertes. En primera fila del salón blanco, ese 29 de junio, estaban Augusto Vandor (UOM) y Alonso (Vestido). Ambos contaban con la aprobación que llegaba desde Madrid.
En todo caso, el Cordobazo fue el proceso político posterior que se inicia a partir de los setenta en la Argentina, inmersa en una fuerte cultura contestataria en la que se hizo habitual la toma de la calle y en la mayoría de los casos con ejercicio de la violencia.
Por esos días se fortaleció una tendencia denominada «clasista» en el movimiento obrero que tiene, precisamente en Córdoba, su eje y su expresión más avanzada. Con sindicatos autónomos -Sitrac (Concord) y Sitram (Metarfer)-, y dirigentes importantes que lideran el proceso aunque desde sindicatos tradicionales en algunos casos, como José Salamanca (Smata), Elpidio Ángel Torres (Smata), Atilio López (UTA) y Agustín Tosco, fundamentalmente, sobre el cual se desarrollará una verdadera leyenda política.
IV – Tosco desde que fue electo delegado en 1952, ganó las elecciones para la conducción del gremio en la provincia y en 1954 se integró al secretariado nacional de la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza (Fatlyf) cargo del que fue relevado por la intervención militar.
Por su actividad, fue varias veces encarcelado, especialmente durante la época de la dictadura militar autodenominada «Revolución Argentina». Uno de esos encierros ocurre en 1972, pero nada obsta para que sea nuevamente elegido dirigente del gremio y secretario adjunto de la delegación regional.
Un año después, en 1973, en vísperas de la tercera elección de Juan Domingo Perón, el PRT –brazo político del ERP– le ofreció impulsar su candidatura a presidente de la Nación, pero Tosco declinó el convite. Las causas fueron varias, pero sin dudas el hecho de no apoyar la lucha armada, fue de los principales.
En las elecciones de 1973 resultó triunfante el peronismo; Héctor Cámpora con el 49,53% en marzo y Perón con el 62,20% en septiembre, No hay margen de dudas respecto a la legitimidad. Pero en el gobierno del «gran movimiento nacional y popular», como le gustaba llamar a su creador, el Sindicato de Luz y Fuerza es intervenido y Tosco pasó a la clandestinidad.
No obstante su juventud, padecía de una grave enfermedad –encefalitis bacteriana– pero era imposible que lo internaran en los hospitales locales, ya que era perseguido por la Triple A, cuerpo parapolicial de extrema derecha bajo la órbita del ministerio de Salud y Acción social que conducía José López Rega, hombre de extrema confianza del general Perón e incapaz de mover un solo dedo sin tener la autorización de su mentor. Por ello, lo trasladaron a Buenos Aires de incógnito en una ambulancia. Pese a todo, murió el 4 de noviembre de 1975.
V – Merece contarse la auténtica odisea que fue trasladar su cuerpo en automóvil en un operativo cuya logística fue coordinada por Jorge Bergstein, un cuadro el Partido Comunista, hasta la provincia de Córdoba donde iba a ser velado y sepultados en el cementerio local con un acompañamiento de más de veinte mil personas.
El ex presidente Illia concurrió y fue orador en el sepelio del dirigente obrero. La explicación se encuentra en que habían construido una relación desde los tiempos en que siendo presidente en ejercicio, Illia invitó a Tosco a acompañarlo en el palco oficial durante la inauguración de una central eléctrica en «La Docta» en 1964. Por otra parte Tosco fue acérrimo opositor a la llamada «burocracia sindical» que conspiraba abiertamente contra la estabilidad del gobierno radical. Tampoco tuvo complacencia con los dictadores militares que lo derrocaron.
VI – En una lectura política del «Cordobazo», Tosco sostenía que el movimiento no era obra de la espontaneidad ni de la improvisación como alguna vez se pretendió insinuar para restarle dimensión histórica. La movilización obrera, estudiantil y política fue multitudinaria y organizada donde cumplió un rol importante buena parte de la dirigencia juvenil. La primera víctima fue el matricero –Smata- Máximo Mena, un joven radical.
Entre otras consecuencias, «el Cordobazo» le valió a Tosco una nueva privación de la libertad y para hacerlo más trágico fue enviado al presidio en el Penal de Rawson. Desde ese lugar escribirá una carta que es la plataforma ideológica de su accionar y concluye «para que todos juntos, trabajadores, estudiantes, hombres de todas las ideologías, de todas las religiones, con nuestras diferencias lógicas, sepamos unirnos para construir una sociedad más justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su Compañero y su Hermano».
En ese lugar estaban internados otros hombres y mujeres que pertenecían a organizaciones guerrilleras que no tenían pensado pertenecer mucho tiempo en el encierro. Con una elaborada logística y apoyo desde fuera, organizaron una fuga de ribetes dramáticos el 15 de agosto de 1972 del penal de Rawson donde seis de los veinticinco detenidos pudieron abordar el avión que los llevó hasta Puerto Montt y luego a Santiago de Chile donde el gobierno de Salvador Allende los asiló. Los diecinueve restantes fueron trasladados a la base de la Marina en Trelew y luego ametrallados donde solo tres pudieron salvarse (22 de agosto).
Sus organizadores querían provocar un golpe de efecto, más allá de recuperar la libertad. El mensaje debía ser que los luchadores por los derechos del pueblo no podían permanecer en las mazmorras del régimen. Entre otros preparativos, una mañana previa, invitaron al «Gringo» a evadirse junto con ellos. La respuesta no se hizo esperar y fue contundente: se negó aludiendo que se encontraba ilegalmente detenido a disposición del PEN y no estaba formalmente imputado de ningún delito. Su defensa era ejercida por Hipólito Solari Yrigoyen y apostaba por obtener su libertad en forma legal y por medios pacíficos.
VII – Ninguno de los actores dejó testimonio incuestionable respecto a su relación. Una fuente valiosa es Hipólito Solari Yrigoyen: «Cuando Agustín Tosco estuvo preso por disposición militar y yo ejercí su defensa, fui intermediario en la comunicación epistolar entre ambos ya que no se autorizó que Illia lo visitase en la cárcel de Rawson, como era su propósito».
En aquel trance los dos dirigentes mantenían contacto epistolar. Tosco, un verdadero ganimedes contemporáneo, escribió a Illia: «Estimado Dr. Illia sé que su límpida trayectoria ciudadana le da total autoridad para emitir ese juicio y quienes, desde otro plano, pero con similar preocupación por las cosas del pueblo, coincidimos en tales apreciaciones, no podemos menos que destacarlas como se merecen».
Y como ejemplo de su compromiso democrático Tosco expresaba: «O defendemos el Estado de derecho o aceptamos el Estado de hecho que pretende transformar al ciudadano en súbdito».